lunes 16 de julio de 2007

¿Por qué un Gb son 1.024Mb y no 1.000?

10 unidades de bits dan 1.024 combinaciones de 1 y 0, es decir, 1Kb. 1.024kb=1Mb. Y 1.024Mb=1Gb

La información se almacena mediante el uso de voltajes en un condensador eléctrico. Así pues, los dos posibles estados de la unidad básica de información son: SÍ voltaje o NO voltaje.

De esta forma, ya tenemos una unidad o "bit" con dos posibles estados: puede ser SÍ voltaje o NO voltaje: [0 ó 1].

Si añadimos una segunda unidad, tenemos otros dos posibles estados más, que unidos a los de la anterior unidad serían 4 combinaciones. Es decir, [1 ó 0] y [1 ó 0]

Si añadimos una tercera unidad, obtenemos 8 combinaciones de unos y ceros.

Y si alcanzamos las 10 unidades, obtendremos 1.024 combinaciones de 1 y 0.

Así, 10 unidades de bits dan 1.024 combinaciones de 1 y 0, es decir, 1Kb. 1.024kb=1Mb. Y 1.024Mb=1Gb.

Aclaro que deberíamos decir Gib (Gibigit) en vez de Gb (Gigabit), según la Comisión Electrónica Internacional de 1999. Y os recuerdo que no es lo mismo Gb (Gigabit) que GB (Gigabyte) ¡Estos informáticos...! Tenéis más y mejores explicaciones en las respuestas a esta entrada.

Gracias a todos y...

¡Feliz verano!

domingo 8 de julio de 2007

¿Por qué el libro El nombre de la rosa se titula El nombre de la rosa?

El autor: "La idea de El nombre de la rosa se me ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica tan densa, que por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces, gracias por las espléndidas rosa, rosa fresca toda fragancia. Así, el lector quedaba con razón desorientado, no podía escoger tal o cual interpretación; y, aunque hubiese captado las posibles lecturas nominalistas del verso final, sólo sería a último momento, después de haber escogido vaya a saber qué otras posibilidades. El título debe de confundir las ideas, no regimentarlas". -Umberto Eco-

Éstas son las palabras del propio Umberto Eco, autor de la novela El nombre de la Rosa. Eco, nacido en Alessandría (Piamonte) en 1932, ponía así punto y final a las horas de insomnio de mucha gente que seguía leyendo y releyendo una y otra vez su obra en busca del significado oculto del enigmático título.




Segun el propio autor:
"El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? Sin embargo, uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio reside en el hecho mismo de que toda novela debe de llevar un título.

Por desgracia, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a las sugerencias que generan Blanco y Negro o Guerra y Paz. Los títulos que más respetan al lector son aquellos que se reducen al nombre del héroe epónimo, como David Copperfield o Robinson Crusoe, pero incluso esa mención puede constituir una injerencia indebida por parte del autor. Le Père centra la atención del lector en la figura del viejo padre, mientras que la novela también es la epopeya de Rastignac o de Vautrin, alias Collin. Quizás habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que Los Tres Mosqueteros es, de hecho, la historia del cuarto. Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede permitirse por distracción.

Mi novela tenía otro título provisional: La abadía del crimen. La descarté porque fija la atención del lector exclusivamente en la intriga policíaca, y podía engañar al infortunada comprador ávido de historia de acción, induciéndolo a arrojarse sobre un libro que lo hubiera decepcionado. Mi sueño era titularlo Adso de Melk. Un título muy neutro, porque Adso no pasaba de ser el narrador. Pero nuestros editores aborrecen los nombres propios: ni siquiera Fermo e Lucia logró ser admitido tal cual; sólo hay contados ejemplos, como Lemmonio Boreo, Rubé o Metello… Poquísimos, comparados con las legiones de primas Bette, de Barry Lyndon, de Armance y de Tom Jones, que pueblan otras literaturas.

La idea de El nombre de la rosa se me ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica tan densa, que por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces, gracias por las espléndidas rosa, rosa fresca toda fragancia. Así, el lector quedaba con razón desorientado, no podía escoger tal o cual interpretación; y, aunque hubiese captado las posibles lecturas nominalistas del verso final, sólo sería a último momento, después de haber escogido vaya a saber qué otras posibilidades. El título debe de confundir las ideas, no regimentarlas".

El texto lo tomo directamente de la respuesta de Xavy a esta entrada. Gracias Xavy.

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lunes 2 de julio de 2007

¿Por qué no se puede echar a un funcionario?

En España el puesto de funcionario es, en principio, para siempre. Y, aunque cabe la posibilidad de prescindir de sus servicios, ésta opción tiene caracter absolutamente excepcional y se encuentra enormemente restringida. Vamos a ver por qué:

En el siglo XIX la inestabilidad política era la causa directa de incesantes cambios en el Gobierno con el subsiguiente movimiento de plantilla de la Administración Central/Estatal. Además, la falta de criterios de meritocracia en el acceso y la selección digital (a dedo) del personal por parte de los gobernantes de turno supusieron la continua ineficacia material de la misma. Ante esta situación caóica, rotatoria y cíclica se adoptó la decisión de estabilizar al menos la base de ejercicio de las políticas públicas mediante la perpetuación de los puestos de trabajo de los funcionarios. De esta forma se conseguía que las personas que lograban cargos públicos fuesen siempre las mismas a pesar de los cambios de Gobierno que pudiese haber.

Dos siglos después y en la actual España democrática-constitucional, esta medida de prevención frente a la inestabilidad política empieza a ver su fin. Cada día el porcentaje de insatisfacción popular con el rendimiento del funcionariado crece de manera exponencial. Por esta razón han surgido tímidamente pero crecientes en número y autoridad, propuestas para rebajar notablemente el grado de protección al funcionario en aras de la normal productividad, eficiencia, economía, eficacia, rendimiento y satisfacción de la Administración en su enfoque a los procesos, a los resultados y al ciudadano, cliente-contribuyente de los servicios públicos y primordial demandante de calidad en ellos.

La perpetuidad del puesto de funcionario resiste gracias a la presión del ingente número de funcionarios de la Administración que no quiere perder su estatus privilegiado y gracias también a los nuevos programas por los que se incentiva la productividad y la mejora continua de la propia Administración, que pretenden reciclar los puestos obsoletos y premiar la excelencia en el trabajo.

En definitiva, la tendencia actual a medio plazo parece ir hacia una aceptación cada vez más generalizada de que se acabe por prescindir de manera definitiva de los funcionarios que no cumplan con unas mínimas expectaticas en el desarrollo de sus funciones y, por otro lado, de premiar a los que las alcancen e incluso las excedan.

Nota: Recomiendo leer las respuestas a esta entrada. En especial las de Aidan y Dheiirba.

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